A las 20:29 de ayer salí de la oficina de Farnham corriendo porque llegaba tarde a cenar. Inteligentemente me dejé las llaves dentro de la oficina con lo cual el ruso no podría ya volver a entrar. Ya que no podía volver a entrar y tenía todas sus cosas allí, el ruso, defensor a ultranza de que las cosas ocurren siempre por algún motivo, me pidió que escogiera un vino español de la carta, ya que por haberle encerrado fuera de la oficina no había motivo para preocuparse por los efectos del alcohol. En algún momento de nuestra animada charla se me ocurrió mirar el reloj para descubrir que quedaban 12 minutos para el tren de las 22:30. Salí escopetao por la puerta arrastrando mi tripa llena de una ensalada cesar sin fin en la que estoy seguro debieron invertir al menos 4 pollos y 750ml de páprika y corrí calle abajo en dirección a la estación de tren. A las 22:28 observé como a cámara lenta y desde una distancia de 15 metros como mi tren arrancaba y me dejaba atrás. Indignado y dispuesto a denunciar que el tren no había salido a su hora a las autoridades ferroviarias londinenses, levanté la vista para ver que el tren salía a las 22:28 y que el tren de las 22:30 solo existía en un universo paralelo, el de mi imaginación absurda.
A las y 35, tras caminar un poco en círculos respirando hondo para asegurarme de que los 4 pollos enpaprikados no iban a abandonar mi tripa como una exhalación, me senté en un banco a esperar el de las 22:58. A las y 37 el alcohol empezó a hacer su efecto y a las y 39, pisó a fondo mi narcolepsia mundialmente conocida y me quede sopa en el banco, mi gorda cabeza colgando con ángulo de ataque inverosímil. A las 22:58 me desperté sobresaltado con el pitido que yo identifiqué con el que amablemente hacen sonar los conductores del tren para avisar que se cierran las puertas. Pensando que lo perdía, dos zancadas de baloncestista y un gran salto bastaron para meterme en el vagón con una velocidad absurda, para la sorpresa de una señora negra de unos 65 años con grandes gafas de pasta que estaba ya sentada, que pasó a sujetar su bolso con dos manos en vez de con una, me imagino que alucinada y preguntándose por qué esa persona con ojos medio cerrados había decidido entrar de esa manera tan extravagante en un vagón vacío, más que nada porque las puertas aún tardaron un eterno minuto en cerrarse.
Tratando de recomponerme, saqué mi portátil para intentar hacer algo útil. Tres minutos después decidí guardarlo porque nada útil pasaba por mi cabeza y el sueño comenzaba a rondarme. Volví a sobarme. Al despertarme solo habían pasado dos estaciones de las 10 que separan Farnham de Waterloo. Extrañamente, la señora negra se había cambiado de sitio. Cambié de postura y caí de nuevo. Entre la sexta y séptima estación soñaba que me caía y me desperté aleteando. Levanté la cabeza buscando a mi compañera de viaje y había vuelto a su lugar original. Al no parecer muy ágil la señora, empecé a considerar la posibilidad de que a lo mejor era yo el que cambiaba de sitio en plan sonámbulo, y esta teoría tomaba fuerza porque la señora no me quitaba el ojo de encima.
Llegué a casa tras lo que pareció un viaje interminable. Empaqueté mis cosas y puse en el móvil la alarma que habría de despertarme a las 4.35 de la mañana para coger mi vuelo de las 6.45 a Turín, vía París. El móvil, santa tecnología, me mostró el tiempo restante hasta la hora de despertarme y al ver que solo eran 3 horas y 11 minutos, no pude controlar un lloriqueo espontáneo sin duda proveniente de algún lugar muy hondo de mi ser que hasta ahora desconocía.
A las 5.24 me bajaba del taxi en la estación de Paddington y otra vez corriendo por el andén (esta vez más ligero), he cogido el Heathrow Express de las 5:25 de milagro. Ya en el avión, de nuevo pegué ojo de inmediato nada más sentarme, inconsciente del hecho de que tras una hora de retraso el vuelo no había despegado. El avión ha llegado con una hora de retraso a París y he perdido la conexión a Turín.
Ahora estoy en el aeropuerto Charles de Gaule esperando al próximo vuelo, tratando de mentalizarme de que aún tengo que viajar a Turín hoy, mañana a Ginebra, de Ginebra a Roma y el domingo de vuelta a Londres, y que no puedo continuar con este ritmo de carreras, privación de sueño, lesión cervical por narcolepsia y sustos a señoras, porque si no yo no llego a viejo o me entra alopecia o algo. Hombre ya!

Con la de horas que echas en los aeropuertos me extraña que no te hayan fichao de consultor para la T4....
Has elegido vino ya? podrías aprovechar antes de coger el otro avión.
Por compartir diré que hoy también es mi día institucional del transporte. El primero del día fue el autobús hacia el trabajo. Hoy batí el record de tiempo en espera, pero el martes gané el honorífico premio a la Santa Paciencia-que-dios-te-ha-dao. Como cada día, diez sanos minutos cuesta arriba separan mi habitación de alquiler de mi parada de bus. Entre tres peatones, potencialmente pasageros, de origen asiático, me dispuse a esperar el 545.
Mientras pasaban los minutos, hice cálculos de que en mi bolsillo sólo tenía dinero para ir a trabajar pero no para volver...gracias a la gentileza de la mujer del 7eleven que me timó el día anterior $8 por unas papas y una chocolatina. No sería un gran problema si no trabajara al otro lado de un parque natural por donde no se deciden a hacer arcenes circulables.
No problem, la italiana es maja y seguro que me fía.
Pasan los minutos y ya había vuelto a sonreír cuando viene un 545 repleto y sin parar. Cáspita! Los asiáticos y yo nos miramos pero sólo se entendieron entre ellos. Aún así, por sus ojos entornados noté que estaban algo contrariados.
Pasan 30 min más (total de 40) y pasa otro 545 con idéntica actitud hostíl hacia nuestra personas...El desenlace se resume en un pateo cuesta arriba de 30 minutos hasta el centro del barrio en busca de un cajero y de un 545 vacío.
Hoy llevaba la cosa el mismo camino, mañana...Jordi Dan.
El día siguiente decidí regalarme una visita a la piscina olímpica. Curiosamente era de agua salada y los nadadores circulaban por la izquierda. Está claro que mi destino es ser atropellada por cualquier cosa. Claro que...como peatona, he atropellado hoy un gato.
Al salir de la piscina contenta por la vida...me fui paseando hasta un embarcadero y me compré un capuchino tall en un starbucks que luego me tiraría por encima (día de camisa blanca).
Hoy...aviones,
Con la intención de comprar un billete económico experimenté una subida progresiva del coste cada vez que preguntaba en un sitio, hasta un total de un incremento del 100%. Asustada con no poder hacer ese viaje si esperaba más, lo compré en un sitio al que había ido 3 veces.
Espero que la espera en el aeropuerto se te haga más breve con algunas de mis vivencias.
pobrecito!! qué vida llevas!!! ... te pronostico un fin de semana de mucha cama.... ;-)
Acabo de enviarte un email solicitándote un trabajito y luego he venido a leer tu blog. Avrgonzada me siento de pretender que me mandes unas fotos, siendo tu vida tan dura y agitada. Enhorabuena por tu escritura, tío. Se te está pegando el humor inglés, que aunque aquí en América no lo quieren reconocer, es casi el mejor del mundo. Empiezas a recordarme a PG Woodhouse...
jajajaja
tengo un amigo que trabaja en el Club de la Comedia, ¿le paso tu c/v?
Siii, tio, podrías escribir monólogos...