Creo que uno de los problemas a los que personalmente me enfrento a la hora de madurar es que nadie nunca me explicó lo que “madurar” significa. Yo oía de diferentes fuentes, a veces con amargura y otras con cachondeíto la frase “madura ya de una a vez!” o variaciones, como “a ver si maduras ya…” o “madura!” a secas, pero nunca he tenido muy claro qué significa exactamente. Claro, cuando te quieres poner a ello, resulta muy difícil pero seguro que es sólo por falta de información; no hay nada más que fijarse en los tomates, ellos sí que deben saberlo porque simplemente están ahí en mi nevera y cuando me vuelvo a acordar de ellos, mira!, han madurao…

Quizá se trata de eso, sólo de estar ahí y dejar que el tiempo pase y uno un día se encuentra ya hecho y derecho. Yo sin embargo, con treinta años que tengo metidos en el culo sigo sin tener un montón de cosas sin resolver, desde lo más sencillo como el corte de pelo (creo yo que a esta edad uno debería alarmarse y actuar en consecuencia al ver que su pelucón le convierte en una mezcla de David Hasselholf y Pedro Almodóvar), hasta lo más complejo, como algunas cosas que me mueven en la vida (como una vaguería que arraiga honda; me mueve a hacer poco o nada) o las que tristemente me mueven en dirección equivocada (como el “qué dirán” o una constante culpabilidad). No sé, quizá superar mi pelo a lo pachanga es apuntar demasiado alto, pero al no tener una definición más apropiada, en algún momento debí decidir que madurar debía ser superar todas esas otras cosas. Estaba equivocado, sin duda, porque va pasando el tiempo y ahí siguen todas aguantando impasibles los envites de mi tarada voluntad.

Envidio a mis hermanos, por ejemplo. Les admiro porque ellos saben quién son, cada uno de ellos a su manera; parece no caberles dudas, o al menos, nadie vivo que yo conozca las ha visto (no preocuparse, se parecen a los Soprano pero no van pegando tiros en la rótula a la gente, o nadie vivo que yo conozca les ha visto hacerlo…) . O mi padre: creo que él también sabe perfectamente quién es, lo que le define y lo que representa, le pese a quien le pese.

Curiosamente, últimamente me he dado cuenta de que me parezco a mi padre más de lo que a cualquier hijo le gustaría aceptar, en diferentes cosas, algunas de las cuáles me aterran (como por ejemplo, que a los dos nos gusta hablar de nosotros mismos más que cualquier otra cosa, por si no se había notado…) y yo no acababa de aceptar. Hablando el otro día con él largo y tendido sobre su vida pasada y futura, recuerdo haber pensado que parecerme a él no era nada malo, si no todo lo contrario. Quizá sea eso madurar…

Lo que la gente oye en su cabeza cuando se cruzan conmigo
Escucha

Mi look aproximado